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20 octubre 2010

Nada da lo mismo en Pinamar

Estábamos en una pequeña casa de Pinamar, de dos plantas y su jardincito en el patio trasero. Las casas eran perfectas y ricas, no había aceras, sino dunas. Y las carreteras eran arena de playa. No exístian paredes ni apenas señales. Era un pequeño paraíso escondido y exclusivo dónde tomar mate y sangría casera con el canal internacional de fondo hablando de elecciones vascas.


Andrés era de momento el extraño, el nuevo novio de Luli, un piloto titulado y surfero de vocación con todo lo que ello conlleva. Pelo rubio y ojos azules. Fuerte y vestido según su estilo. Había abandonado los mandos por una tabla y un trabajo de masajista en un hotel exclusivo.
Luli trabajaba donde siempre ,lejos de la Granja donde la conocimos hace no se cuantos años atrás. Ticle preparaba chinchulines en el brasero mientras nos hablaba de los viñedos de Bariloche.

Pablo y Cris disimulaban no quererse o al menos hacerse el amor. Nacho entablaba conversación, era amable, se sentía como en casa. Incansable con su camiseta roja ,sus gafas y su rasta anti-padres.

En un momento de aquella tarde de helados encargados con una bici que vino a toda prisa y bajo la lluvia, Andrés nos contó una anecdota de pareja que no viene al caso sobre una amiga suya argentina y su marido que formaba parte de un grupo español.

20 meses mas tarde, cruzando la carretera que me lleva de vuelta a mi pueblo , escucho esto en la radio. Y sonrio al reconocer a uno de los protagonistas de aquella anecdota haciendose famoso en solitario , y cantando una cancion que hubiera sido la banda sonora perfecta de aquella genial tarde gris de Marzo.

Con ese olor a calzada de duna mojada, helado de encargo y sangría improvisada, humo en el comedor y elecciones vascas de fondo.
Y ese cristal empañado pidiendo otra oportunidad.

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