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11 mayo 2011

Tradición

Recuerdo las historias de mi padre,
de cómo creció en los arrozales de Guilin,
cerca del esplendor
de tiempos mejores e imperiales.

Sólo el murmullo del río Li
le acompañaba en sus horas
de soledad y cultivo.

A lo lejos , río abajo, la torre dorada
daba esplendor al lago,
y los pescadores comían fideos
y bebían vino, y no sentían rencor por nadie.

Tras este mostrador frío
de pan de gamba y pollo frito
aquel misticismo parece sólo un recuerdo
borroso que a veces dudo que existiera.

Cómo sus manos curtidas
acariciaban mi lacio pelo,
y sus labios besaban mis mejillas
frías y me daban aliento.

Sus abrazos en las noches de luna
llena, y el esbozo sutil de una sonrisa
materna siempre al margen.

Recuerdo el olor a cáñamo y a seda.
El sonido del bambú al golpearle el viento.

Recuerdo el flautín desafinado que
a duras penas tocaba mi hermano,
y recuerdo, también,el olor
a pólvora en sus manos.

En este mundo de ansias y odio,
de vivir deprisa y olvidar pronto,
no tuvimos mas remedio que huir
acabada la guerra,
tan lejos de nuestros recuerdos.

Y aquel lejano sueño de reposo
inanimado y latente ,
ahora sólo parece
que una vez lo imaginé.

No me arrepiento ni me lamento,
de vivir lejos de casa
pero del mismo modo,
no puedo sino pedirle al tiempo,
mas que conserve en mi recuerdo,
aquellos pescadores inmortales,
bajos los eternos campos de Guilin.


mfr.
James Leer.
Enero 2011.

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