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23 marzo 2013

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Como una maldición gitana se desperazaba, se agitaba, se erguía sobre un temor que no había padecido en sus años de vida. Sus lustros, sus sueños, el peso de sus uñas ardiendo en sus dedos. Su barba, sus gestos, y esos pantalones quieto sobre sus tibias. El olor a fuego, a quemado, a mentira matizada, a caduco juego roto, a infame quiebro, a desdén del anhelo de una sábana salpicada de errores.

Algún día tal vez alguien entienda, el dolor de mi ojo izquierdo, el temblor de mis manos, el tambaleo constante, el alcoholismo, la mentira, el porqué. El porqué de tanto daño inmerecido, el porqué de hundirme solo en esta esquina donde nadie recuerda. El porqué de ser un suspiro de un año que no ha existido, un recuerdo imborrable escrito a lápiz una mañana de 1996 con Leonardo en la tarima. A veces desaparecer no es suficiente castigo. Siempre hay un escalón mas abajo. Un vuelta de tuerca más y soportarlo es posible únicamente tiñendo de agria el alma y exigiéndole cada vez menos a una vida a la que perdiste la cara.