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22 agosto 2017

Pecas




Todas tenemos un don. Algunas llegamos a descubrirlo. Y otras se quedan la vida esperando sin saber que albergan algo genial y único. Mi don me fue rebelado un lunes de agosto. Un lunes de eclipse total. Un lunes de esos que debían ser el fin del mundo y al final sólo acaban siendo el principio de otra semana.

La luna comenzaba a ocultar el sol. Cada una de las marcas de mi piel se oscurecían. Se iban borrando lentamente mientras La Luna avanzaba implacable para contener al gran astro.
Y es que aquellos rayos que habían partido 8 minutos atrás con destino La Tierra solo gozarían la suerte de rozar suavemente la cara oculta de La Luna, pero nunca la corteza terrestre y ni mucho menos la piel de cuantos allí habitan.

La piel. La piel es un órgano. Uno de los más importantes aunque a veces se nos olvide. Y mi piel me pedía urgentemente un poco de luz. El eclipse parecía eterno. La gente gritaba extasiada. Yo los miraba con cara de nada. Necesitaba luz, más luz. Quería que aquel evento estelar, astrolar, estreláctico, se acabara. Quería notar de nuevo esas partículas, que habían cruzado el universo, rozando mi piel. Viajeros de otros mundos, tatuándome de nuevo.

¿Han notado eso alguna vez? El sol acariciando su piel. Me refiero a notarlo de manera tangible. Me refiero a ese rubor que recorre tu cuerpo, que te estremece de pies a cabeza, que te hace vibrar y te hace sentir vivo e infinito. ¿Saben ya lo de que les hablo?

Pecas, decía yo siempre. Lunares me corrigió alguien una vez. Eso son lunares. Las pecas son otra cosa. Pero no me importaba. Para mi aquello eran pecas.
Pecas tatuadas en mi piel que narraban mi historia desde mis comienzos.

Peca de la clavícula. La misma que mi primo Salva. Aquella que nos descubrimos conjuntamente cuando bajábamos con aquellos monopatines sin frenos la cuesta del güelo. Unos inconscientes que mantuvieron los dientes por gracia divina.

Peca en la oreja. Una peca en la oreja que no me molesta. Pero que quiero que sea tan especial que ahora nunca olvido ponerme crema en las orejas para que no le siga una hermana.

Peca en la ceja, claro. La más visible y la vez más escondida de mis pecas. Allí oculta, solo se puede descubrir si pasas tu yemas por mis cejas. Y eso es algo que nunca nadie  ha hecho.

Peca en... Y es la más bonita. Escondida en un lateral. Me molestó cuando la vi llegar. Pero es única, curiosa, distinta. Un recuerdo de adolescencia. Color cafe con leche, clara, pequeña, bonita.

Peca en su labio. Su labio prohibido. Ese labio que sonríe y se para el mundo.

Pecas en mis cicatrices. En sus miedos. Pecas en aquel viaje que nos llevo tan lejos. Pecas en la maleta. Pecas en los hospitales. Pecas de la Patagonia y su infinito paisaje. Pecas en Malta. En el rio Soca. Pecas flotando como motas de polvo en aquella habitación donde te sentí tan sola. Pecas en ese amargo Brugal. Pecas en ese verano sin risas. Pecas en esa lluvia. Pecas que huelen a sudor, a crema solar, a vainilla. Pecas en la mesa camilla. Pecas en el fuego que arde mientras lo miras. Pecas en la tumba. Pecas en sus flores. Pecas en la foto de un Niagara caudoloso y roto. Pecas del matón que quiso mi cara. Pecas en los libros que no leí. En los examenes que no aprobé. Pecas en las noche que no follé. En las mentiras que creí vencer. Pecas dentro de pecas. Pecas. No tengo tatuajes, pero tengo pecas. Menos de las que quisé entonces y no tantas como las que tendré. Y cuando no pueda hablar, ellas hablarán por mi. Y serán otros las que las señalen y recordarán lo que fuimos. Esa peca es una mentira, esa peca se llama Luz, esa peca es un lunes de eclipse total, esa peca es él tecleando en soledad, esa peca es la mirada de su abuela, y esa otra peca...


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